Y te espere ese día y el siguiente y el que le siguió a ese. También la semana que prosiguió y no llegaste jamás y no volviste. Y yo esperaba tener la dicha (o la desgracia) de volver a verte, de intercambiar una estrecha conversación sobre temas quizás poco profundos y de poca importancia. Porque podría haber abandonado cualquier especie de compromiso (así como siempre hice) con tal de que me miraras por última vez.
No quiero ser la que te recuerde con rencor, lejos estoy de los reproches. Te recuerdo, te hago un altar con mi orgullo herido en memoria de tus ojos, que brillosos, despejados o chinchudos siempre mostraron la verdad, tú verdad, tu bandera de alma. De tu sonrisa capaz de cambiar de realidad. De tus manos que en contacto con mi cuerpo me hacían rozar lo eterno. De tus palabras sanadoras en las noches de delirio. De tu compañía inderrocable cada día cada noche y siempre. De tu amor capaz de todo o al menos lo que para mí significaba ese inexistente todo.
Poniéndote caretas en el corazón ¿pretendes olvidar?
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